Recién había vuelto de llevar la primera tanda cosas al departamento nuevo, pasé por el Aldi a comprarme un chocolate y una botellita de Ladrón de Manzanas y los tenía en la cartera. Yo sé reconocer la felicidad cuando la siento, y ahí estaba ella.
Esa mañana de viernes, después de dos años y 1 día, yo finalmente había firmado el contrato. Dejaría de vivir como una estudiante de ciencias sociales de país subdesarrollado y pasaría a compartir la cocina (una divina cocina, importante mencionarlo) solamente con el hombre que me regala bombones Lindt y dice “¿no crees que ya tomamos demasiado?” antes de que terminemos la botella de lambrusco.
Fue entonces cuando la vi. No sé qué cara tenía, porque la vi de espalda, pero estoy segura de que debía ser una de felicidad. Volvía del trabajo y en la mano derecha llevaba un ramo de tulipanes amarillos y en la otra, una botella de vino blanco. Pensé en muchas posibilidades y todas me hicieron sonreír. Tenía ganas de andar más rápido, de alcanzarla y decirle cualquier cosa tipo “quisiera ser vos, o la persona con quien vas a estar hoy”. Pero aunque estuviera sola, me parecía un planazo. Tulipanes y vino blanco. Me imagino cuál sería el plato. El mío, pasta con atún, como casi todos los viernes, porque ya me había resignado a los desafíos de cocinarme algo más elaborado en aquella cocina donde la bacteria más inofensiva me podría transmitir fiebre tifoidea.
Todavía hay cajas de Ikea y de Jysk cerradas esparcidas por el living, esperando a que el hombre sexy de los bombones Lindt tenga las herramientas necesarias para convertir todo en muebles de verdad.
Mientras tanto, sonrío mirando el techo, las paredes blancas, el sillón que necesita mantas, los almohadones sin funda. Ya no tengo más que entrar a Idealista y a Habitáclia 60 veces por día y volverme loca porque al momento de hacer clic en “enviar mensaje” el anuncio ya había sido eliminado. Ya no tengo que convencer a ningún agente inmobiliario de que es bastante complicado trabajar con contrato indefinido y poder ir a visitar departamentos a las cuatro de la tarde a la vez. Ya no tengo que visitar cautiverios en el Raval ni rezar para que la visita no sea una trampa para violarme o robar mi Samsung comprado en 2021.
La vida es una maldita perra a veces, te preguntás “¿por qué tiene que ser así?”, y pasa que simplemente tiene que ser así y punto. Menos mal que todo ha sido así. Yo sigo acá, viviendo 50 vidas en una y comprobando que difícil no es lo mismo que imposible.
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