Si bien mi dantesco período compartiendo piso con desconocidos en Barcelona ha llegado a su fin hace algunos meses, por desgracia, nadie me quita lo vivido. Entre tener que limpiar caca de gatos que no son míos, hacer favores absurdos y encontrarme con drogadictos en el baño un lunes por la mañana, esos dos años me dejaron un compilado de situaciones insólitas que solo otro inmigrante desafortunado como yo podría haber vivido.
Más allá de que sea absolutamente normal en el contexto caótico de esta ciudad —y de muchas otras en Europa—, pasados los primeros tres meses, en los que hasta disfruté de jugar a ser una universitaria veinteañera, no hubo un solo día en que no haya odiado la experiencia.
Hay gente que no ve problema en vivir así, y hay incluso a quienes les gusta. Yo no sería ninguno de esos casos. Viví esta situación en tres departamentos distintos y solamente uno de mis ex-roommates no se encuentra actualmente bloqueado en WhatsApp, para que se hagan una idea del nivel al que llegó todo.
Como opino que un buen drama merece ser compartido, decidí hacerlo en capítulos. Y hoy les dejo el primero:
Capítulo 1: The bossy lady with bad taste
Ya de cara vi que no teníamos demasiado en común. The bossy lady tenía gustos y un estilo de vida muy distintos a los míos, pero yo no estaba ahí para juzgar. Era la primera y única persona que conocía en Barcelona y quería que las cosas fluyeran en paz y armonía los tres meses que tenía previsto quedarme ahí, en ese cuartito diminuto y oscuro de un departamento centenario del Eixample.
Ella no era mi única roomie, pero era la “casera”, digamos. Es decir, el contrato de alquiler estaba a su nombre, pero con el otro habitante no tuve demasiadas interacciones, y en general, no me caía mal. Pero ella… ay, ella. Ella me hacía acordar a algunos jefes que tuve a lo largo de mi vida. Le gustaba tener el control. Dar órdenes. Estaba intentando abrir su propio emprendimiento, cuya única empleada era ella misma, de modo que necesitaba ejercer su autoridad de alguna manera, y quién mejor que sus compañeros de piso, ¿no?
A pesar del estilo uñas de acrílico-labios pinchados-tetas hechas-reguetón-vestidito rosa Shein de 30 cm² combinado con una carterita Versace comprada a plazos en Vinted, yo genuinamente quería que nos lleváramos bien. Quería caerle bien y, sobre todo, que ella me cayera bien.
Cuando se iba de viaje, cuidaba sus gatos, limpiaba su inmunda caja de arena llena de mierda acumulada y hasta barría las bolas de pelo del living, que no era mi incumbencia. Un par de veces se enfermó y la cuidé, colgué su ropa que se acumulaba mojada en la lavadora porque ella no tenía condiciones de levantarse y le di mi último paquete de galletas saladas integrales porque nada quedaba dentro de su estómago. También la escuchaba pacientemente hablarme durante horas sobre sus viajes por las islas griegas, que no me podrían interesar menos. Todo eso entre actitudes un pelín groseras de su parte, por así decirlo.
A modo de ejemplo, un día estaba tranquila en el baño haciendo pis y la escuché intentando abrir la puerta del departamento con su llave. No podía abrirla porque el otro habitante de la casa había dejado su llave puesta del lado de dentro. La habitación del sujeto quedaba al lado de la puerta de entrada, pero, por alguna razón, él no le abría. Terminé el pis e hice todo lo más rápido que pude, salí corriendo del baño y finalmente le abrí la puerta.
¿Qué hizo ella?
a) Me agradeció por haberle abierto la puerta
b) Me dio un abrazo
c) Frunció el ceño mientras refunfuñaba que no podía abrir la puerta
La respuesta les sorprenderá.
Así y todo, las cosas se mantuvieron bastante bien hasta… mi última semana en el departamento. Es verdad que las anteriores ya no habían sido las más amigables, porque no le gustó nada cuando finalmente le confirmé que me iba del piso a fines del próximo mes (y sí, ¿qué otra pelotuda le iba a aguantar tan calladita?), pero el rifirrafe fue en la recta final de nuestra convivencia.
Resulta que en esa última semana, la heladera del departamento se rompió, y entre traer la nueva y sacar las cosas de la heladera rota, algunas cosas guardadas empezaron a oler mal. Ella me pidió que sacara todo lo mío que estuviese en mal estado, que ella luego pasaría todo lo que queríamos mantener a la nueva heladera. Al menos eso fue lo que se pudo entender, y entonces lo hice. Algunas horas después, al mediodía, me dirijo a la cocina para calentar algunas hamburguesas ya cocidas que tenía guardadas en un tupper desde la noche anterior. Y para mi sorpresa, no lo encontré. Lo busqué en todos los rincones de la nueva heladera, y nada. Tampoco estaba fuera. Intrigada y ya un poco incrédula, le pregunté si de casualidad había tirado mi tupper a la basura. “Ay, no lo sé, he tirado cosas que me parecían estropeadas, no vi qué era, pero te había dicho que quitaras de la nevera vieja lo que querías mantener”, con su tonito bossy habitual, mientras venía en dirección a la cocina. “¿Pero cómo vas a tirar un tupper?”, le pregunté, confundida, a lo que ella responde: “¿Vas a hacer tanto drama por un tupper ahora?”. Entonces, por primera vez, ya sin nada que perder, emparejé mi tono al suyo: “No hice ningún drama, solamente te pregunté si habías tirado mi tupper, porque lo que iba a comer ahora estaba ahí dentro”.
Como ella justo se iba a ir de viaje ese día, y tenía miedo a que le hiciera algo a sus gatos, terminó pidiendo disculpas un par de horas después y regalándome dos hamburguesas de las suyas.
Meses más tarde, tuvimos otra breve discusión por WhatsApp porque tardé más tiempo en “desempadronarme” de su piso, y, según ella, no era lo que habíamos arreglado, de modo que no me devolvería la fianza, y, así sin más, me bloqueó. A esa altura, seguramente mis 500 euros ya no solo se habían convertido en ácido hialurónico, como probablemente ya se habían disuelto.
