No sé si es algo de lo que enorgullecerme o, más bien, algo que me quita un poco de esencia, pero mi capacidad de adaptación a cualquier lugar o situación (por más estrafalaria que sea) en la que me meta es, como mínimo, impresionante. Vivir en mi tercer país y en mi quinta ciudad ya no me deja dudas de que, venga lo que venga, cambie lo que cambie, en dos días será como si mi vida nunca hubiera sido de otra manera.
Pude pasar tranquilamente de comer arroz com feijão, mandioca frita y farofa con frecuencia casi ritual a no sentir ni el olor de esas comidas de manera permanente cuando me mudé a Buenos Aires. Todo eso con lo que crecí presente sobre la mesa, de un día para el otro dio lugar a milanesas, empanadas y guisos de fideos. Que, en un parpadeo, casi nueve años después, también volvieron a desaparecer del radar cuando me mudé a Barcelona. ¿Yo? Impasible. Impávida. Circunspecta. Pásame estas croquetas de jamón serrano, pues.
Siempre me preguntan si extraño la comida, la cultura, a la gente (no como individuos, es decir, el modo de ser de las personas) o cómo funcionan las cosas en Brasil, y eventualmente también en Argentina, y la verdad es que no suelo pensar en nada de eso. Cuando alguien de mi familia viene a visitarme, trae toneladas de paçoquitas, pão de mel y otras cosas cuya existencia había olvidado y que, por ende, no suelo extrañar.
Cuando llevé uno de los paquetes de pão de mel al trabajo para compartir con mis compañeros, una de ellas dijo, con mucha pena en la mirada mientras masticaba, que no debía de ser nada fácil no tener a mano las comidas que solía comer siempre en Brasil. Estuve unos segundos pensando cómo responderle que no me podría chupar más un huevo sin parecer una insensible. “Un poco, jaja”, me limité a decir, bajo su mirada conmovida.
No se trata de que ya no me gusten. Me encanta la paçoquita, el pão de mel, la tapioca, la coxinha, la cocada y, cuando voy a Brasil, como eso y muchísimas otras cosas más que me gustan y que solo existen ahí. Pero no vuelvo a pensar en ninguna de ellas cuando me voy. Aunque su presencia me cause alegría, su ausencia no es algo que me haga sufrir.
Cuando me fui de Buenos Aires, admito que al principio hubo algo de nostalgia, un antojito de empanadas, medialunas, milanesas y alfajores. De meter una cuchara sopera dentro de un tarro de dulce de leche y sacarle un tercio del contenido, así, de una. Pero duró tan poco que, a pesar de que hay un local de empanadas argentinas cada tres esquinas en Barcelona, hace meses que no como una.
Y no se trata solo de comida, por supuesto. Suelo adaptarme fácilmente a cualquier costumbre y tradición. Incluso mi costado de mujer tradicional merecería su propio essay en este blog. Este año, por ejemplo, me jacté de haber recibido tres rosas el día de Sant Jordi y, en este momento, estoy pensando en los planes para la noche de Sant Joan. ¿Playa otra vez?
También me desacostumbré a muchas cosas: a dejar propina obligatoriamente en cualquier cueva maloliente donde me sirvan una caña, a esperar a que pasen todos los autos para poder cruzar por el paso de cebra, a no estirar el brazo para parar el bus y, al subirme, no informarle al chofer adónde voy (realmente no le interesa).
Me acostumbré a que la mayoría de las personas en Barcelona no son de Barcelona. Probablemente ni siquiera de España. Me acostumbré a que sea normal tener cuarenta años y compartir piso con desconocidos, a que el ajuntament limpie las cacas de palomas de mi vereda dos veces al día, a que lo correcto sea tener cuatro tachos de basura en la cocina, y a que ese ruido aterrador no sea un tiroteo, sino alguien tirando botellas de vidrio en el contenedor verde.
También me acostumbré a que comprar una monstera en la tienda de plantas no me lleve a la bancarrota, y a que ni siquiera un fin de semana en Luxemburgo o Berlín lo haga. Y, sobre todo, me acostumbré a que el yogur griego no sea un lujo. Tampoco la pasta Barilla.
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