Cansada de mi diminuta y oscura habitación, donde ni siquiera podía recibir a mi pareja, aunque fuera por algunos minutos, 7 meses después de haber llegado — 4 más de lo planificado inicialmente —, decidí mudarme a otro departamento, es decir, a otra habitación. Era la segunda que visitaba aquella semana y ya había descartado la primera. El piso quedaba en un edificio alto ubicado cerca del límite norte de Barcelona, en un barrio que poco se parecía a la Barcelona que yo conocía hasta ese entonces. La habitación también era diminuta, pero entraba luz natural todo el día, era más barata, permitía visitas y solo compartiría el piso con una persona (un venezolano con una pinta que no me inspiraba demasiada confianza), cosas que por sí solas ya sumaban puntos (sacando lo de la mala pinta). Aun así, algunas cosas no me terminaban de convencer. Quería más espacio para mis cosas y ahí definitivamente no lo había.
Al terminar la visita, el tipo me hizo sentar en una silla en el living-comedor y quiso que le confirmara en ese mismo momento si quería o no la habitación. Le pregunté si le podría responder al día siguiente o a la tarde de ese mismo día, pero me dijo que quería cerrar las visitas y que tendría que decirlo ya. Como aún era inexperta en el negocio de las habitaciones y temía estar perdiendo una gran oportunidad y corriendo el riesgo de dormir en la calle, terminé diciéndole que sí. Todavía faltaban 3 semanas para mudarme, ya le había transferido la fianza y no me terminaba de convencer mi decisión.
Habíamos quedado en que unos días antes de la mudanza definitiva empezaría a llevar mis cosas, que solo tenía que avisarle cuando iba y listo. Llegado el día, con la primera valija armada, le escribo por WhatsApp y no me responde. Lo veía online. Una, dos, tres veces en las dos horas que estuve esperando su respuesta, y nada. Le llamé y finalmente me atendió. Dijo que estaba limpiando el departamento para recibirme y no estaba pendiente del celular.
La mala vibra siguió durante las primeras semanas de convivencia y su modo de hablarme y mirarme me ponían cada vez más incómoda. Intentaba engañarme a mí misma, que eran cosas de mi cabeza, que él no estaba tratando de tirarme onda, aún menos sabiendo que tenía pareja, y habiendo conocido a mi pareja el día que llevé mis cosas. Pero la verdad era que su actitud me iba haciendo cada vez más ruido.
No tardé en descubrir lo obvio: era facho. De esos clásicos que no tienen idea de lo que hablan y solo repiten frases hechas como loros adiestrados. Como forma de acercarse, quería que cada tanto hiciéramos una cena juntos en el comedor, y en una de esas, mientras hablábamos de que yo era zurda, dijo, de la nada: “se terminó la fiesta en Argentina”. “¿De qué hablás? ¿Qué fiesta?”, le pregunté. “La fiesta”, dijo otra vez y se rió como un mono de circo. Esto fue todo lo que pudo opinar del flamante presidente del país que yo había dejado meses antes.
Cada semana que pasaba, mi roomie me caía peor, pero trataba de relevarlo para no tener que enfrentar otra búsqueda de piso y otra mudanza en un período tan corto. Una de sus tácticas para ¿conquistarme? era hacer comentarios negativos sobre mi pareja disfrazados de consejos de amigo. El día de mi cumpleaños, luego de volver de un fin de semana con mi novio en un pueblito francés, me preguntó si él no había llevado una torta de cumpleaños en el baúl del auto para regalarme. Ante mi cara de ¿qué clase de pregunta es esta? y mi respuesta negativa, se mostró indignado. Porque él sí era un partidazo y me había comprado un tiramisú de Carrefour y puesto una velita para festejar. No me dejé abatir porque sabía que en pocos días él pasaría las fiestas en Venezuela y estaría casi cuatro semanas lejos de mi radar.
Resulta que en el día de su viaje, mientras iba en tren a Madrid porque era más barato salir de allí (ante todo, muerto de hambre), yo estaba tranquila en un bar cuando me empieza a escribir enloquecidamente por WhatsApp. Deliberadamente elijo no leer los mensajes para no arruinar mi noche. Pero no satisfecho, decide llamarme. Atiendo. “Me tienes que hacer el favor de tu vida”, me dice.
“Estoy en el tren hacia Madrid y me olvidé mis pasaportes en casa. Vas a tener que llevarlos a la estación de Sants mañana a las 6 de la mañana. Vas a tener que buscar a alguien que te parezca confiable y ofrecerle dinero para que me traiga los pasaportes y los recibo en la estación en Madrid”.
Yo no podía creer en lo que escuchaba. Le dije que no pensaba hacer eso. Que era mejor que volviera él y buscara sus pasaportes. Pero él insistió, con un tono levemente amenazador, y le terminé diciendo que sí, con los ojos explotando de odio.
Me transfirió 100 euros y a las 5 de la madrugada ya estaba de pie, después de no haber podido pegar el ojo ni por un minuto, en el metro rumbo a Sants, con su plata en el bolsillo y los dos pasaportes en la cartera.
Yo temblaba ante la misión de tener que pedir a desconocidos que llevaran de tren a Madrid dos pasaportes, uno español y otro venezolano, a otro desconocido. Luego de algunas negativas, encontré a un chico catalán que me dijo que lo haría. Estaba con su madre, pero embarcaría solo a Madrid.
Mi amable roomie me había asegurado que estaría online desde la primera hora y que, ni bien yo tuviera el “mensajero”, le pasara su WhatsApp y características físicas, de modo que, para tranquilizar al chico, le dije que no se preocupara, porque ahora mismo mi compi le escribiría para arreglar todo. Le di los 100 euros y los pasaportes, le agradecí inmensamente y me fui mientras le escribía al susodicho, que, obviamente, no estaba online y no me respondía. Después de dedicarle todo mi repertorio de los insultos argentinos más rebuscados, finalmente me respondió. Por mi salud mental, terminada mi misión, corté la comunicación con él e intenté olvidarme de aquella situación, al menos por las próximas semanas, en las que estaría sola en el departamento.
Durante las 4 semanas siguientes, pasaron cosas. Mi roomie me escribía mensajes cada vez más asquerosos con el sarcasmo de un niño de nueve años, aunque yo apenas le respondía. El día de su regreso, me escribió pidiendo que le abriera la puerta porque no solo se había olvidado sus pasaportes, sino también las llaves, de modo que cuando volví a casa aquella noche, estaba él sentado al lado de la puerta del edificio, acompañado de un tipo que supuestamente vendría a ser su tío.
Mi habitación no se podía cerrar con llave, así que, por las dudas, empujé la cómoda barata de Ikea contra la puerta de modo que nadie pudiera abrirla, al menos no sin que yo me despertara por el ruido.
Al día siguiente, el supuesto tío se fue, y mi compañero aprovechó un segundo en que calentaba mi almuerzo en el microondas para increparme en la cocina. Estaba ofendido. Sí. Estaba ofendido porque le insulté la mañana en que intentaba desesperadamente hacerle contactar con el chico de Sants. De pronto, también se acordó de que estaba enojado porque en la noche de mi cumpleaños le dije que quizás las chicas porteñas no se interesaban por él porque la mayoría eran medio progre. También me preguntó cuánta plata le había dado al chico para que llevara los pasaportes, porque, según él, la idea era darle 30 euros y el resto era mío. Cosa que nunca me había dicho y que, de todos modos, jamás hubiese aceptado, porque no tendría el valor de pedir a alguien que hiciera semejante favor por 30 míseros euros. Le dije que no tenía tiempo para tonterías, llevé el plato a mi habitación, terminé de comer y salí de casa.
Como no confiaba en él y no lo quería metido en mis cosas, al salir, no solo cerré la puerta (cosa que no hacía nunca), sino también la persiana, ya que la ventana daba al balcón. Cuando volví, unas 3 horas después, tanto la puerta como la persiana estaban completamente abiertas. Había entrado en mi habitación sin mi permiso y sin ni siquiera disimularlo. Vi que no estaba en casa en ese momento, y le escribí por WhatsApp, en un estado de cólera. “¿Entraste a mi habitación sin mi permiso?”. No respondió. Mi rabia aumentaba a cada segundo. Le llamé. Me atendió y me dio distintas razones por haber entrado a mi habitación. La primera fue que estaba limpiando la casa y quería que corriera el aire. Luego admitió que quería ver si yo le estaba ocultando algo. Ante mi furia, puso la colita entre las piernas y pidió disculpas.
Los próximos días, intenté decidir qué hacer. Reflexionaba mientras limpiaba sus mocos pegados en la pared del baño con su propia esponja de ducha y veía cómo había tardado tres días en sacar su cepillo de dientes eléctrico de la valija (no tenía otro). Lo evitaba a toda costa, y él hacía lo mismo. Durante varios días ni siquiera nos veíamos. Entre las clases presenciales de catalán y la cantidad inmensa de trabajo que tenía en ese momento, lo último que quería era ponerme a buscar otro piso y mudarme otra vez, pero ya no me quedaba otra. Le avisé con 31 días de anticipación que me iba del piso. “Uhm, vale. Un poco justito, ¿no?”, dijo, aunque lo acordado siempre había sido avisar un mes antes.
Las semanas siguientes fueron un festival de rubias nórdicas visitando la habitación. Todas terminaban diciéndole que no les interesaba. Cada vez que venía una nueva chica bellísima a ver el piso, en vez de molestarme, me daba más satisfacción, porque significaba que nadie quería vivir ahí. En total debieron haber hecho la visita unas 6 chicas y finalmente 1 chico, que tampoco quiso vivir ahí.
El día que me fui, estaba acompañada de un amigo que me ayudó a sacar mis cosas. Como inteligencia no es una característica intrínseca de los fachos, él no tuvo mejor idea que decirle a la nueva inquilina (finalmente una le había dicho que sí) que podía entrar al piso al mediodía, justo cuando yo dije que le dejaría las llaves. Al ver dos pequeñas imperfecciones en la pared, provocadas por el espejo que yo tenía pegado, decidió que me sacaría 50 euros de la fianza. Todo esto con la chica sentada en el living, escuchando nuestra amigable interacción. Si sos ladrón, capaz me conseguís robar, pero no sin salir humillado de la escena. Así que le dije, en un tono de voz bastante elevado, que, además de ser un muerto de hambre, era un malagradecido, que pide favores abusivos y encima entra en mi habitación sin mi permiso, invadiendo mi privacidad.
No sé cuánto tiempo habrá vivido la chica en aquella habitación, pero yo salí con el alma lavada y el ex-roomie bloqueado.
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